Tupungato: la crónica de una travesía cordillerana por la sexta cumbre de Chile (Parte II)

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Después de días de aproximación, viento, frío y altura, llega el momento en que todo se juega en una sola jornada: el día de cumbre. Esta es la crónica íntima y física del ascenso final al Tupungato, una montaña que no regala nada y que exige cada paso, cada respiración y cada decisión, hasta dejar a la cordada frente a uno de los horizontes más sobrecogedores de los Andes centrales.

Para conocer la historia de cómo llegaron al campamento base, haz click aquí.

Volcán Tupungato y ese día de cumbre

Muchos días han quedado atrás para llegar a este momento. Pero antes de seguir, retrocedamos un poco y recordemos las largas jornadas bajo un sol abrasador que no dio respiro y las gélidas noches que rogaban por el reposo y abrigo que ofrece el campamento, que habían marcado nuestra trayectoria días antes.

Justo ahora, ya estábamos casi en el esperado día de cumbre y nos disponíamos a preparar la rutina habitual que antecede a cualquier jornada de montaña. Así nos dispusimos a hacer un minucioso orden de equipo donde chequeamos guantes, anteojos, mitones, gorros, cuellos, más gorros, etcétera.

Luego vienen las baterías de algunos equipos electrónicos, la linterna, el protector solar, labial, anteojos, antiparras y todo cuanto pueda ser útil durante la extensa jornada que se aproximaba…

Vista hacia el este, a 5.950 mts. Aprox. durante la fría amanecida en el volcán. Foto: Adolfo Dell´Orto.

Por supuesto que revisamos el habitual ajuste de crampones de último minuto, siempre con el cuidado extra que se tiene en climas altos, donde a toda costa evitas que las frías y torpes manos suelten los agarres justo sobre la colchoneta inflable y donde aparece la infaltable frase que elude toda responsabilidad del “qué raro, si los tenía ajustados la última vez. Debe ser de cuando los presté”.

Al final, la revisión de la comida de cumbre resulta todo un tema: normalmente ocupa un espacio considerable dentro de la mochila, dada la cantidad irracional de alimentos que seguro irán a dar un paseo de altura a la cima para después retornar a la carpa con un importante nivel de desintegración respecto a su formato original; junto a las clásicas preguntas que buscan justificar nuestras propias acciones: “¿Cuánta agua vas a llevar?, ¿eso nomás?, yo llevo el doble, “voy a dejar una botella, ¿me faltará…?”.

La angustia

Ahora sí: la noche avanza y las pocas horas de descanso que restan para dar inicio a la extenuante aventura y sus consiguientes molestias, no dejan de hacerse notar.

¿Cómo así? Pues hablo de la ansiedad y el nerviosismo natural antes de la cumbre. Por el incesante viento que sacude sin misericordia las paredes de la carpa. Por los normales problemas derivados a la exposición a la altitud, en ocasiones acompañados de esos muy desagradables episodios de ahogos y/o —¿cómo no?—, de los infernales ronquidos del imperturbable sueño del compañero. Como si nada pasara, esto sí da una absoluta y genuina envida.

A cada minuto el reloj corre y los pensamientos —¿o tormentos?—, abundan en nuestras mentes. Ideas del tipo “no voy a poder subir si no duermo”, son reales y sensatas. Es cierto, pero de todas maneras siempre después de algunos minutos se consigue conciliar el sueño.


Vista hacia el norte, con las primeras luces del amanecer. Se puede visualizar los cerros Sierra Bella, Polleras y Aconcagua, hacia la izquierda de la imagen. Foto: Adolfo Dell´Orto.

Arriba todos

Ahora sí. El despertador se estremece con un sonido idéntico al de la sirena de bombero. No se puede creer. “No dormí nada, pero nada”, se escucha repetidamente en los angustiados montañistas, mientras anticipan un mal rendimiento durante el día.

Lentamente este prematuro y poco agradable sentimiento se va diluyendo: los ojos comienzan a enfocar correctamente bajo la luz de las linternas, mientras avanza la preparación del desayuno. Todo buen día de cumbre comienza con ese aroma del café recién preparado y el del pan tostado con mermelada que sagradamente deja todo pegoteado (a pesar de cualquier esfuerzo).

La procesión continúa ahora con la aparatosa labor de calzarse la abultada ropa de cumbre. No importa quiénes, pero de todas las carpas se puede escuchar las mismas frases de complicidad: “¿Qué vas a llevar?, ¿tan poco?, yo llevo mucho parece…, ¿y si dejo esto? Ya, voy así nomás… ¿Y si me da frío..?”.


Vista hacia el noreste, con el Aconcagua hacia la izquierda, en el tramo de mayor pendiente de la ruta: la canaleta. Foto: Adolfo Dell´Orto

Llegó el momento

Finalmente, todos afuera del refugio que proporcionan las carpas. No hay excusas: comienza el ascenso al volcán Tupungato quien, con sus 6.585 metros de altitud, se alza orgullosa como la sexta montaña más alta de Chile.

Desde el campamento Guanacos, a poco más de 5.700 metros de altitud,  restan cerca de 900 metros de desnivel hasta su punto más alto: la cumbre. En un cálculo normal en esta altitud, cubrir un promedio de 200 metros de desnivel por hora, supone unas casi 5 horas de marcha hasta la cumbre. Pero, considerando que los pasos resultan cada vez más pesados, el cansancio aumenta, la mochila deja de ser ligera, se vuelve más difícil. Esto, sin contar las consecuencias de la altitud extrema y, por supuesto, a la fatiga normal que le agrega unas dos horitas más al ascenso que normalmente debería tarde tres o cuatro.

Pero ahora sí: vamos.

Subiendo

La ruta desde el campamento alto es en general evidente: en un comienzo asciende de forma directa por una rampa que generalmente está cubierta de nieve  según la fecha, hasta una zona de bandas rocosas de baja altura que se superan con un trepe muy sencillo.

El avance en un comienzo siempre es a paso lento, pesado, esperando que se activen los músculos y se coordine la respiración para encontrar “el paso”: ese que mecánicamente conduce a la cumbre.

¿Hay sueño? Sí y mucho. Pero, ¿quién no ha caminado literalmente durmiendo?

Vista desde el campamento alto hacia la ruta del volcán. No es posible apreciar la cumbre desde este punto, pues la cumbre se encuentra mucho más hacia el sur luego de alcanzar la explanada de altura. Foto: Adolfo Dell´Orto.

El haz de luz de las linternas frontales proyecta el vaivén propio de la caminata. De un lado a otro, el fulgor se mueve iluminando el suelo, siempre buscando la huella por donde continuar en un intento  que invariablemente se tuerce, se esconde o cambia de dirección, por más concentración que se aplique. “Pero si la iba siguiendo bien”, se escucha r epetidamente de quienes lideran la marcha.

Por el camino, el frío se siente y de forma intensa. Pincha los dedos de manos y de los pies. La bandana se humedece y las pestañas se congelan.

––¿Cuánto falta para que salga el sol? ¡Pero ya debería haber salido!”, se escucha.

En el horizonte, hacia el este, la negrura del cielo da paso a un débil azulado que gradualmente aclara, para luego dar paso a los primeros destellos de un sol que se hizo de rogar por aparecer.

Nubes que en ocasiones vuelven más lento el avance en la montaña, pero que regalan unas maravillosas imágenes. Foto: Adolfo Dell´Orto.

Ya luego de algunas horas de marcha, la ruta conduce hacia un canalón que gana altura rápidamente: es la zona de la montaña con mayor pendiente y sube en forma recta hasta su final, sobre la sección más estrecha de la línea de ascenso.

La vía a esta altura se tuerce hacia el este por una ladera con poca pendiente pero provista de grandes bloques de roca que obstaculizan el avance en el caso de perder la escasa huella existente. Estamos sobre los 6.200 metros de altitud, han transcurrido al menos unas cuatro o cinco horas desde el inicio de la marcha y el cuerpo lo siente.

Lo último: ¡la cumbre!

En el horizonte: un valle de altura, plano, y que permite apreciar una suave loma que cae desde el sur ya señala de forma inequívoca que falta poco. En parte es cierto.

––“¿¡Pero cuánto falta!? Según el GPS, la cumbre debería estar ahí nomás, es lo que insistentemente se escucha. Entre los integrantes del grupo. Las respuestas no dejan de parecer burla: “Media hora más o menos”…. Muy parecido a cuando uno pregunta por una dirección en la calle en la ciudad y te dicen: “De esta, a la otra, la que viene y ahí está”.

Claro, comparado con el trayecto realizado es, en efecto, así. Pe ro como todos quienes practican montañismo confirmarán: en montaña NADA es fácil, NADA es simple y definitivamente NADA queda cerca.  De ahí,  aún resta trabajo y, como en toda arista, el viento nos recuerda lo frágiles que somos.

Luego de varias horas se alcanza la explanada que conduce hacia la arista final, la que se debe recorrer de norte a sur y luego de varias antenombres, se llega a la cumbre real. Foto: Adolfo Dell´Orto.

––Debí haber traído la chaqueta que dejé en la carpa, se escuchan las quejumbrosas frases de quienes priorizaron el peso de la mochila.

Ya sobre la loma, la ruta se monta sobre una extensa arista que recorre longitudinalmente de norte a sur hasta terminar en su punto más alto. Como muchas montañas, el Tupungato cuenta con varias —ya adivinarán— falsas cumbres. Y no exagero: varias. Pero ya está, la cumbre:  un simple y llano cono de piedras barrido ferozmente por el viento que no permite acumulación de nieve alguna, finalmente entrega como premio al esfuerzo de los agotados montañistas, unas vistas impresionantes hacia los valles y ríos que bajan flanqueados por enormes cordones montañosos y escénicas cumbres glaseadas que acompañan fielmente a este gigante. Sobrecogedor. Mientras, por supuesto, la montaña regala ese sentimiento único que sólo quienes suben cerros pueden entender: esa felicidad, euforia, satisfacción y un orgullo por alcanzar lo que tan lejos se veía desde un principio: un sueño hecho realidad, concreto, cierto.

Cumbre volcán Tupungato, de 6.585 mts. Vista hacia el sur, donde se puede ver (norte a sur) cerros como el volcán Tupungatito, Nevado Piuquenes y Marmolejo, entre otros. Foto: Adolfo Dell´Orto.

Ahora, sólo falta bajar.

¡Cumbre volcán Tupungato! Foto: Adolfo Dell´Orto.

Para conocer la primera parte de esta travesía, haz click aquí.


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