Monte Balmaceda Patagonia: la historia de una ruta de ascenso y travesía

Frente a Puerto Natales, el Monte Balmaceda se alza como una de las montañas más visibles y menos ascendidas de la Patagonia. Entre fiordos, bosques sin sendero y un glaciar profundamente agrietado, esta crónica relata el desafío de aprovechar una breve ventana de buen tiempo para alcanzar su esquiva cumbre.

El Monte Balmaceda se eleva de forma imponente al final del fiordo Última Esperanza, frente a Puerto Natales, como una de las montañas más visibles y, a la vez, más desconocidas de la Patagonia. Aunque alcanza los 2.250 msnm, su presencia es monumental para la región: una mole de roca oscura cubierta de glaciares colgantes, esculpida por miles de años de hielo y viento. Desde lejos, el macizo se distingue como una fortaleza natural que marca el límite del Parque Nacional Bernardo O’Higgins y custodia los hielos que caen hacia el mar.

La historia del Monte Balmaceda es tan austera como el paisaje que lo rodea. A pesar de su cercanía con la ciudad, registra pocos ascensos en toda su historia, principalmente debido a su complejo acceso. Además, siempre estuvo opacado por el Parque Nacional Torres del Paine.

Hace años que la idea de subir el Balmaceda rondaba mi mente. Eso me llevó a trabajar con claridad la logística y a diseñar un plan detallado. Pero no fue tan fácil: el clima patagónico siempre pone a prueba la paciencia de los aventureros, y tuvimos que esperar meses hasta encontrar una ventana de buen tiempo que coincidiera no solo con condiciones favorables en la montaña, sino también con la disponibilidad de todos los integrantes de la cordada.

El lunes 20 de octubre de 2025, mientras trabajaba frente al computador como cualquier otro día, revisé el pronóstico y apareció la sorpresa: una gran masa de alta presión ingresaría en la zona durante varios días. Si todo salía bien, el lunes 27 podríamos estar en la cumbre. Era nuestro momento. Así, rápidamente hice algunas llamadas y el equipo quedó conformado por Roberto Mayol, Fernanda Rifo y yo.

Pronóstico del tiempo.

El viaje

Para llegar a los pies del Balmaceda existen dos opciones: remar 40 kilómetros desde Río Serrano, realizar el ascenso y regresar remando otros 40 km; o tomar la navegación 21 de Mayo, que zarpa desde Natales y en dos horas llega a una zona cercana al glaciar Serrano. Aunque la idea de combinar disciplinas me atraía, el kayak sumaba dos días adicionales y la ventana de buen tiempo era ajustada. Optamos por la segunda alternativa.

El sábado 25 de octubre comenzó la aventura. Tras desembarcar bajo una lluvia tenue, enfrentamos el primer obstáculo: un río que se forma entre el glaciar Serrano y el fiordo Buena Esperanza. Debido a las precipitaciones y al inicio del deshielo, venía más caudaloso de lo habitual. Cruzarlo estaba contemplado en la planificación, por lo que cada uno llevaba traje seco y bolsos de 110 litros para proteger las mochilas. Una vez pasé los bolsos a la otra orilla, ayudé a mis compañeros y superamos con éxito la primera dificultad.

Luego del cruce, nuevamente surgieron dos opciones: yo podía transportar la carga en un packraft bordeando el fiordo mientras Fernanda y Roberto avanzaban ligeros por el bosque, o simplemente internarnos los tres con mochilas, como en cualquier ascenso. La alternativa del packraft ahorraba energía, pero el viento era fuerte y remar en esas condiciones implicaba un riesgo innecesario. Además, el bosque no parecía tan denso. Decidimos avanzar juntos por tierra.

Desde CONAF nos habían comentado que alguna vez existió un sendero, aunque difícil de encontrar. Durante la primera hora intentamos progresar por la orilla del fiordo, pero pronto se volvió impracticable y nos internamos en el bosque. Más adelante dimos con un antiguo sendero, marcado esporádicamente con cintas naranjas. Lo seguimos hasta que desapareció por completo. Desde allí avanzamos lentamente, manteniendo siempre clara la dirección general.

Con el paso de las horas el terreno comenzó a abrirse. Al ganar altura pudimos observar nuestro avance. No fue la ruta más óptima, pero funcionó en tiempo y esfuerzo; para la bajada ya sabíamos cómo mejorarla. Tras salir del bosque alcanzamos terreno rocoso cubierto por una ligera capa de nieve que teñía el paisaje de blanco.

Al final del día, y para nuestra sorpresa, la laguna cercana al primer campamento estaba completamente congelada y cubierta de nieve. Era la señal de que el glaciar superior tendría más acumulación de lo presupuestado. Era el escenario perfecto para usar raquetas o esquís —pensé—, aunque ya no importaba. Ahora solo quedaba comer, hidratarse y descansar.

¡Ascender, ascender!

El segundo día comenzó con un objetivo claro: alcanzar el llamado “Paso Gallina” o un portezuelo cercano para montar campamento. Desde ese punto, la principal dificultad sería navegar entre grietas y evitar hundirnos demasiado en la nieve.

El buen tiempo llegó con un cielo parcialmente despejado y temperaturas más altas. Eso significó hundirse en la nieve, a veces hasta el tobillo, otras hasta la rodilla. La progresión fue lenta, pero constante. Tras seis horas de marcha y vistas espectaculares, alcanzamos el segundo campamento con el Balmaceda en primer plano, mostrando sus cinco cumbres y su glaciar profundamente agrietado. La tarea siguiente sería descifrar ese laberinto blanco.

Día de cumbre

A las dos de la madrugada del tercer día, el cielo estaba completamente despejado. Partimos temprano para aprovechar el frío y cruzar los puentes de nieve mientras aún permanecieran firmes. Roberto lideró la navegación durante buena parte de la madrugada; yo cerraba la cordada, apagando la linterna por momentos para reconocer el terreno a la luz tenue y buscar referencias que había estudiado el día anterior.

A pesar de la cantidad de grietas, los puentes resistieron. Sin embargo, la incertidumbre sobre la continuidad de la ruta fue constante. Con el amanecer, tras superar la sección más agrietada, el itinerario se volvió más evidente, pero el desgaste físico ya se hacía notar. Abrir huella nos agotaba; la nieve se volvía cada vez más blanda y pesada.

Cuando el calor comenzaba a sentirse con mayor intensidad, Fernanda tomó la delantera y nos dio un nuevo impulso. Avanzábamos lento, pero avanzábamos. Era solo cuestión de tiempo.

Lo que desde abajo parecía cercano se volvía interminable en altura. Cada pendiente superada revelaba otra más. Hasta que, finalmente, apareció la cumbre.

Tras cerca de ocho horas de esfuerzo, dejamos las mochilas, nos abrazamos y compartimos los snacks tan esperados. El día era perfecto: sin viento, sin nubes y con una visibilidad privilegiada. Desde arriba se desplegaban Puerto Natales, la cordillera Sarmiento, el Campo de Hielo Sur, el glaciar Tyndall y el macizo Paine.

Treinta minutos después iniciamos el descenso. Debíamos bajar hasta el segundo campamento y continuar hasta el primero para pasar la noche, ya que al día siguiente debíamos estar listos para la barcaza.

La bajada fue relativamente sencilla: seguir la huella y confiar en los puentes de nieve. Algún pie se hundió de forma inesperada, pero sin consecuencias mayores. Tras 18 horas desde la partida, montamos campamento junto a la laguna para dormir apenas unas horas.

El fin: cordero y vino

Al cuarto día, a las cuatro de la mañana, desarmamos el campamento y comenzamos el regreso definitivo. Optimizar la ruta del bosque nos permitió avanzar con mayor fluidez. Llegamos una hora antes de la zarpe. Desde la cubierta del barco miramos nuevamente el Balmaceda. Ya no era solo una montaña visible desde Natales: ahora era parte de nuestra historia.


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